HOSTIA HISTORIA Y GENERALIDADES
HOSTIA (ASPECTOS HISTORICOS Y ARQUEOLOGICOS)
Contenido
1 Etimología
2 Material
3 Elementos
4 Preparación
5 Moldes para hostias
6 Forma y Dimensiones
7 Figuras
8 Inscripciones
9 Pan con Levadura
10 Hostias Milagrosas
Etimología
Al pan destinado a la consagración eucarística se le llama
comúnmente hostia, y aunque este término puede asimismo ser aplicado al pan y
vino del Sacrificio, se reserva más especialmente para el pan.
Según Ovidio la palabra viene de hostis, enemigo: “Hostibus
a domitis hostia nomen habet”, porque los antiguos ofrecían a sus enemigos
vencidos como víctimas a los dioses. Sin embargo, es posible que hostia se
derive de hostire, golpear, según se halla en Pacuvio. En Occidente el término
se generalizó principalmente debido al uso hecho de él en la Vulgata y en la
liturgia (Rom. 12,1; Flp. 4,18; Ef. 5,2; Heb. 10,12; Mabillon, “Liturg. Gall. vetus”, págs. 235, 237, 257;
“Missale Mozarab.”, ed. Leslie, p. 39; “Missale Gothicum”, p. 253). Se
le aplicó a Cristo, la Víctima Inmolada, y a modo de anticipación, al pan
todavía sin consagrar destinado a convertirse en el Cuerpo de Cristo. En la
Edad Media también se le conocía como “hoiste”, “oiste”, “oite”.
Con el tiempo, la palabra adquiere su significación especial
verdadera; debido a su uso litúrgico general ya no transmite la idea original
de víctima. A la hostia se le dieron muchos otros nombres, por ejemplo:
”bucelae”, “circuli”, “coronae”, “crustulae farraceae”, “denaria”, “fermentum”,
“formatae”, “formulae”; “panes altaris”, “eucharistici”, “divini”, “dominici”,
“mysteriorum”, “nummularii”, “orbiculares”, “reticularii”, “sancti”,
“sanctorum”, “tessellati”, “vitae”; “nummi”, “particulae”, “placentae”,
“placentulae orbiculares”, “portiones”, “rotuael”, “sensibilia”, etc.
Los griegos llaman a la hostia artos (pan), dora (dones), —
merdia (partículas) y prosphora. (oblaciones). Luego de la consagración las
partículas toman el nombre de margaritai (perlas). Antes de su consagración los
coptos la llaman “baraco”; los sirios “paristo” (pan), “burschan” (primicias) y
“kourbano” (oblación); los nestorianos, “xatha” (primogénito) o “agnus”
(cordero), y los mingrelianos “sabisquiri”. Después de la consagración los
coptos llaman a la hostia “corban” (oblación); los jacobitas, “tabho” (sellos);
los sirios, “gamouro” (carbones encendidos), y, por anticipación, estos nombres
se aplican a veces al plan incluso antes de su consagración.
Material
El material válido de la hostia eucarística es el trigo no
adulterado reducido a harina, diluido con agua natural y cocido al fuego.
Algunos teólogos han discutido el uso de diferentes harinas, pero si
exceptuamos a Paludano, que considera válido el pan hecho con almidón, y
Cayetano, que permite el pan hecho con cualquier tipo de grano y diluido con
leche, podemos decir que los teólogos están de acuerdo sobre el rechazo del
trigo sarraceno, la cebada, la avena, etc. Santo Tomás autoriza el uso de
siligo, pero este término parece oscuro. En Plinio y Celso significa harina de
trigo, pero Santo Tomás no le da a siligo el mismo significado, de lo contrario
¿por qué sería cuestión el tolerarlo? Por otra parte, si hubiera aludido al
centeno, habría utilizado la palabra secale. Tal vez con siligo intentaba
designar un tipo inferior de trigo cultivado en suelos mal.
Elementos
La preparación de la hostia ha hecho surgir entre algunas
sectas gnósticas prácticas abominables e impactantes, de las cuales existe una
relación detallada en los escritos de San Epifanio. A veces se molía la carne
de un feto y se mezclaba con compuestos aromáticos; a veces se amasaba la
harina con la sangre de un niño, y había otros procedimientos demasiado
desagradables como para mencionarlos. Pero estos horrores fueron perpetrados
sólo por unos pocos grupos degradados (Epifanio, c XXVI 5 “Haer.”;. Agustín,
XXVI, XXVII). Menos ofensivos fueron los artotiritas [N. de la T.: una secta de
la iglesia primitiva que celebraban la Cena del Señor con pan y queso, alegando
que las primeras oblaciones del hombre fueron no sólo del fruto de la tierra,
sino también de sus rebaños (Gén. 4,3-4)] y aquellos que, como el
componían una mezcla de pan y queso, o, a la manera de los
barsanianos, que utilizaban una pizca de harina sin diluir.
Todas las comuniones orientales, excepto los armenios y
maronitas, usan pan leudado. Sabemos cuán seriamente los griegos han
considerado el asunto del pan sin levadura (vea ázimos). Pero ya sea fermentado
o ácimo, el pan es el elemento, y un gran número de griegos admiten que los dos
tipos constituyen un material válido para el sacramento. En la Iglesia de
Occidente es práctica uniforme usar pan sin levadura. Propiamente hablando, los
luteranos dan poca importancia a si el pan es o no fermentado, pero por lo
general lo utilizan sin levadura. Los calvinistas utilizar sólo el pan común,
aunque, cuando su secta estaba en su infancia, había algo de indecisión sobre
este punto. En Ginebra, el pan fermentado se utiliza exclusivamente por varios
años, y Teodoro de Beza sostuvo que cualquier tipo de pan, sin importar su
origen, era adecuado para la Eucaristía. La [liturgia]] anglicana de 1549
prescribe el uso de pan sin levadura. En Oriente los jacobitas y nestorianos
sirios amasan su pan de altar con una pasta de aceite y sal, una costumbre
censurada por los egipcios. Los sabaítas o cristianos de San Juan preparan sus
hostias de harina, vino y aceite; los coptos y abisinios la consagran con pan
leudado, excepto el Jueves Santo y el día doce de junio, y los mingrelianos
utilizan todo tipo de pan, y sus hostias se hacen generalmente de harina
mezclada con agua y vino.
Preparación
No hay nada que indique que los primeros cristianos pensaban
reproducir la apariencia de los panes de proposición” de la liturgia judía;
ellos simplemente usaban el pan que servía como alimento. Parece que la forma
difería muy poco de lo que es en nuestros días. Los panes descubiertos en el
horno de una panadería en Pompeya pesaban alrededor de una libra cada uno. Uno
de éstos, perfectamente conservado, medía alrededor de siete pulgadas de
diámetro y fue plegado con siete crestas que facilitaban la rotura de la barra
sin la ayuda de un cuchillo. Otros panes representados en bajorrelieves,
principalmente en el Museo de Letrán, tenían una incisión en forma de dos
líneas cruzadas y, por esta razón, fueron llamados quadra. Para la oblación
eucarística se debió haber preferido panes de este tipo por la señal de la cruz
trazada ya en ellos; de hecho, los monumentos cristianos más antiguos nos
muestran panes marcados de esta manera. Pinturas en las catacumbas y algunos
bajorrelieves muy antiguos representan panes marcados con este signo y otros
simplemente marcados con un punto. Las crestas estaban destinadas a facilitar
la partición de la barra y es probable que su número era regulado por el tamaño
de la hogaza de uso común. Un fresco en el cementerio de Lucina representa un
pez, el símbolo de Cristo, y en su espalda una canasta que contiene el vino y
el pan eucarístico, este último marcado con un punto. Un mármol de Módena
muestra cinco panes marcados con una cruz.Por respeto al sacramento, algunos de
los fieles no dieron su consentimiento para que el pan fuese elaborado por
panaderos, y ellos mismos se hicieron cargo de él. Se citan varios ejemplos antiguos,
en particular el de Cándida, la esposa de uno de los generales de Valeriano,
que “trabajó toda la noche amasando y moldeando con sus propias manos el pan de
la oblación”. En la Regla de San Pacomio, se recomienda a los religiosos que se
dediquen a la meditación mientras amasan el pan de sacrificio. Se menciona a la
reina Radegunda por la reverencia con la que ella cuidaba la preparación de las
hostias destinadas a ser consumidas en su monasterio de Poitiers y en muchas
iglesias de los alrededores. Teodulfo, obispo de Orleans, ordenó a sus
sacerdotes que hicieran los panes de altar ellos mismos o que los jóvenes
clérigos los hicieran en su presencia. Muchos hechos vienen a demostrar la
prevalencia y el alcance de esta costumbre. En los monasterios las hostias se
hacían principalmente durante las semanas previas a las fiestas de Navidad,
Pascua y Pentecostés, y el proceso asumía un carácter muy solemne. En Cluny
tres sacerdotes o tres diáconos en ayunas, y tras haber recitado el oficio de
laudes, los siete salmos penitenciales y las letanías, tomaban a uno o dos
hermanos legos como sus ayudantes. Los novicios habían recogido, ordenado y
molido los granos de trigo, y la harina así obtenida se colocaba sobre una mesa
con borde. Luego se mezclaba con agua fría, y un hermano lego, con guantes en
sus manos, ponía esta preparación en el hierro usado para hacer hostias y la
horneaba en un gran fuego de ramas de vid. Otros dos operadores tomaban las
hostias según eran horneadas, las cortaban, las comparaban y, si era necesario,
descartaban las que estuvieran manchadas o agrietadas.
En la Abadía de San Denis los que preparaban los panes de
altar estaban en ayunas. Tomaban un poco del mejor trigo, seleccionado grano a
grano, lo lavaban y lo ponían en un saco para llevarlo al molino, y las piedras
de molino eran lavadas para esa ocasión. A continuación, un religioso se vestía
con el alba y molía el trigo, mientras que dos sacerdotes y dos diáconos,
revestidos en albas y amitos, amasaban la pasta en agua fría y horneaban las
hostias. En Saint-Etienne de Caen los religiosos empleados en este trabajo
cenaban juntos ese día, y su mesa se servía igual que la del abad. Algunos
monasterios cultivaban el trigo eucarístico en un campo especial al que
llamaban el campo del “Corpus Domini”. Du Cange menciona un estatuto fechado en
1406 por el que parece que a las mujeres, incluso a las monjas, se les prohibía
hacer las hostias, pero es dudoso si alguna vez esta medida se aplicó como
regla general. Santa Radegunda ciertamente tuvo muchos imitadores, a pesar del
prejuicio en contra de que las mujeres y laicos hiciesen las hostias; un
prejuicio tan arraigado que en la Edad Media hubo en la Diócesis de Narbona
personas que creían que las hostias hechas por mujeres no cualificaban para la
transubstanciación.
Un eco de esto se encuentra en las actas oficiales. El
Concilio de Milán de 1576, prescribe la preparación de las hostias en los
monasterios y la prohíbe a los laicos. Un concilio de Cambrai en 1631 ordena
que “en cada ciudad haya una persona encargada de hacer los panes de altar con
el mejor y más puro trigo y de la manera que se le indique. Él debe hacer con
anterioridad un juramento de cumplir fielmente los deberes de su oficio. No se
le permitirá comprar a otros el pan que se utilizará en el Santo Sacrificio.”
Ya para el siglo XIV la fabricación de las hostias se había convertido en un
negocio. La cofradía de los oblayers (fabricantes de hostias) tenía una
autorización eclesiástica especial para realizar dicho trabajo. El liturgista
Claude de Vert menciona un signo utilizado por ellos en el siglo XVIII en la
ciudad de Le Puy: “Céans se font de belles hosties avec la permission de M.
l’évêquedu Puy”. Antes de la Revolución Francesa, en muchas diócesis, cada cura
hacía las hostias a utilizarse en su propia iglesia. En la actualidad muchas
parroquias recurren a las comunidades religiosas que hacen una especialidad en
panes de altar. Esto ofrece una garantía contra las falsificaciones a las que
siempre hay que temer cuando se recurre al comercio; los fabricantes sin
escrúpulos han sido culpables de adulterar la harina de trigo con alumbre,
sulfatos de zinc y cobre, carbonato de amonio, potasio o magnesio, o bien de
sustituir la harina de trigo por harina de frijol o de arroz.
En la Edad Media, como se dijo, la cocción de las hostias se
llevaba a cabo en tres o cuatro fiestas principales del año. Esta práctica fue
abandonada más tarde a causa del posible cambio químico en la sustancia del pan
cuando se guarda durante tanto tiempo. San Carlos Borromeo les ordenó a todos
los sacerdotes de su diócesis que para el Santo Sacrificio se utilizaran sólo
hostias de menos de veinte días de hechas. La Congregación de Ritos condenó el
abuso de consagrar hostias que en invierno se habían hecho con tres meses de
anticipación y en verano, con seis.Algunas prescripciones de las Iglesias
Orientales son dignas de destacar; por otra parte, algunas de ellas todavía
están en uso. Las Constituciones atribuidas a San Cirilo de Alejandría
establecen que el pan eucarístico se cueza en el horno de la iglesia (Renaudot,
“Liturg orient. coll.”, I, 189); entre los coptos, sirios, jacobitas,
melquitas, nestorianos y armenios los panes de altar deben ser horneados el
mismo día de su consagración. En la “Colección Canónica” de Bar-Salibi existen
prescripciones relativas a la elección del trigo, pero que difieren ligeramente
de las de Occidente. En Etiopía, cada iglesia debe tener un horno especial para
la elaboración de las hostias. En Grecia y Rusia, los panes de altar son
elaborados por los sacerdotes, las viudas, las esposas o hijas de sacerdotes, o
por las llamadas calogerae, es decir, monjas; mientras que en Abisinia se
excluye a las mujeres de esa tarea. Los nestorianos de Malabar, después de
amasar la harina con la levadura, están acostumbrados a trabajar en alguna de
la levadura que quedó de la cocción anterior. Ellos creen que esta práctica se
remonta a los primeros tiempos del cristianismo y que conserva la levadura
llevada a Siria por los santos Tomás y Tadeo, ya que, según otra tradición
nestoriana, los Apóstoles, antes de su separación, celebraban la liturgia en
común y cada uno se llevaba una porción del pan entonces consagrado.
Moldes para hostias
Los moldes usados para las hostias son instrumentos de
hierro similares a las planchas para panqueques, compuestos por dos espátulas
que se juntan con la ayuda de dos asas curvadas que actúan como una palanca. El
abad Corblet dice que su existencia se había establecido ya para el siglo IX,
aunque en los tiempos recientes no se conoce que exista un ejemplar más antiguo
que el siglo XII. Sin embargo, el descubrimiento hace algún tiempo de uno de
estos moldes en Cartago nos remonta, probablemente, al siglo VI o VII, antes de
la destrucción de esa ciudad por los árabes. En este molde alrededor del
monograma de Cristo está la inscripción: HIC EST FLOS CAMPI ET LILIUM
(Delattre, “Un pèlerinage aux ruines de Carthage”, 31, 46). Desafortunadamente,
esta preciosa reliquia de la antigüedad cristiana está incompleta.
La placa inferior de un molde para hostias está grabada con
dos, cuatro o seis figuras de hostias que, por medio de presión, se reproducen
en la pasta y se fijan allí al hornearlas. Desde el siglo IX al XI, los hierros
moldeaban unas hostias muy gruesas casi tan grandes como la palma de la mano.
Hacia el final del siglo XI las dimensiones se redujeron considerablemente de
modo que, con el mismo instrumento, se podían moldear cuatro hostias, dos
grandes y dos pequeñas. Con un hierro del siglo XIII, que se conserva en
Sainte-Croix de Poitiers, se podían hacer simultáneamente dos hostias grandes y
tres pequeñas, y una plancha en Naintré (Vienne), moldea cinco hostias a la
vez, todas de diferentes tamaños. Un cierto número de planchas para hostias
llevan la fecha de fabricación, la inicial del nombre del grabador, y el escudo
de armas del donante.
Un molde del siglo XIV en Saint-Barban (Haute-Vienne) hace
hostias de diferentes tipos para la Cuaresma y el tiempo pascual. Las grandes
miden 2 1/8 pulgadas de diámetro y las más pequeños 1 1/7 pulgadas; en el mismo
período algunas hostias grandes tenían un diámetro de 2 3/4 pulgadas. Una
plancha del siglo XV en Bethine (Vienne) hace hostias que llevan la figura del
Cordero triunfante, de la Santa Faz, rodeada por flores de lis, también de la
Crucifixión y de la Resurrección. En el siglo XVI en Lamenay (Nièvre) se hacían
hostias que representaban a Jesucristo sentado en su trono, e impartiendo su
bendición, y el fondo tachonado de estrellas; en Montjean (Maine-et-Loire) eran
estampadas con la imagen de Cristo crucificado y Cristo resucitado,
delicadamente enmarcadas en lirios y rosas y de aspecto heráldico. En Rouez
(Sarthe) hay una plancha que moldea dos hostias: una representa a Cristo
cargando su Cruz y lleva la inscripción: QUI. VEULT. VENIRE. POST. ME. TOLLAT.
CRUCEM. SUAM. ET. SEQUATUR. ME.; la otra representa la Crucifixión y está
inscrita así: FODERUNT. MANUS. MEAS. ET. PEDES. MEOS. DINUMERAVERUNT. OMNIA.
OSSA. MEA.
Planchas para hostias de los siglos XVII y XVIII se han
conservado en gran número, y son bastante similares a las que se usan
actualmente; están selladas con el Cordero acostado sobre el libro, Cristo en
la Cruz, o las letras IHS emitiendo rayos y rodeada de uvas y espinas. Entre
las notables planchas que se han escapado de la destrucción podemos mencionar
las de Beddes, Azy, Chassy y Vailly (Cher), las cuatro pertenecientes al siglo
XIII; las de Palluau (Indre) y de Crouzilles y Savigny (Indre-et -Loire), etc.
Entre las colecciones de impresiones de planchas para hostias son notables las
de M. Dumontet en Bourges, de M. Barbier de Montault en Limoges, del museo de
Cluny y del museo eucarístico de Paray-le- Monial. Las Iglesias Orientales, en
general, utilizan un molde de madera. Para hacer que las hostias horneadas en
el molde queden bastante redondas las cortan con tijeras, perforadora o un
compás, una de cuyas patas termina en un cuchillo.
Forma y Dimensiones
La primera mención de la forma de las hostias se halla en
San Epifanio en el siglo IV cuando él dijo: “hoc est enim rotundae formae”,
pero el hecho ya había sido registrado por las pinturas en las catacumbas y por
bajorrelieves muy antiguos. La unidad de forma y tamaño se estableció
lentamente, y diferentes costumbres se impusieron en las diferentes provincias.
En una fecha temprana los concilios trataron de introducir la uniformidad sobre
este punto; uno celebrado en Arles en el 554 ordenó a todos los obispos de esa
provincia a utilizar hostias con la misma forma que las utilizadas en la
iglesia de Arles. Según Mabillon, ya para el siglo VI las hostias eran tan
pequeñas y finas como las de ahora, y se afirma que desde el siglo VIII, era
costumbre bendecir las hostias pequeñas destinadas a los fieles, una medida
ventajosa que prescindía de romper la hostia y por consiguiente evitaba las
migajas que resultaban.
Tan tarde como en el siglo XI, nos encontramos con una
cierta oposición a la costumbre, entonces generalizada, de reservar una hostia
grande para el sacerdote y una pequeña para cada comulgante. Sin embargo, en el
siglo XII, la nueva costumbre prevaleció en Francia, Suiza y Alemania; Honorio
de Autun establece de modo general que las hostias eran en forma de “denarios”.
Los monasterios se mantuvieron por un tiempo más largo, y tan tarde como el
siglo XII el antiguo sistema estaba todavía en vigor en Cluny. En 1516 el misal
de Rouen prescribía que el celebrante rompiese la hostia en tres partes, la
primera para ser puesta en el cáliz, la segunda para que el celebrante la
recibiera en la Sagrada Comunión y la tercera para guardarla como viático para
los agonizantes. Los cartujos reservaban una hostia muy grande, de la cual
desprendían una partícula para cada Viático. Finalmente, todas las hostias se
hicieron redondas y sus dimensiones variaron, pero muy poco. Sin embargo, a
veces se consagraban unas muy grandes para las custodias, en ocasión de la
Exposición del Santísimo Sacramento. Hoy (1912) en Roma las hostias grandes son
de nueve centímetros de diámetro y las pequeños de cuatro centímetros. En otros
países no suelen ser tan grande. En 1865 el Papa Pío IX autorizó a los
sacerdotes exiliados a Siberia a consagrar la Eucaristía con pan de trigo que
no tenía la forma de una hostia redonda.
Figuras
A partir de los antiguos monumentos de la pintura, la
escultura y la epigrafía hemos visto el uso general de trazar una cruz en los
panes eucarísticos que en ese entonces se llamaban decussati (lat. decussis,
una moneda marcada con una X). Para los primeros cristianos de habla griega la
cruz (X), al ser la inicial del nombre de Cristo (Xpistos [es decir,
Christos]), estaba constantemente en evidencia; pronto se concibió la idea de
sustituir la cruz simple por el monograma, y, finalmente, se añadió a cada lado
las letras Alfa y Omega (es decir, el principio y el final) como en los moldes
cartagineses.
En algunos países la simple cruz siguió existiendo durante
mucho tiempo; en la diócesis de Arles no se toleró ningún otro signo hasta la
Revolución. A partir del siglo XII, sin embargo, la cruz se sustituyó casi
universalmente por el crucifijo, aunque esta forma iconográfica nunca se hizo
obligatoria. Además de la Crucifixión se encuentra la Resurrección, Cristo en
la columna, el ángel sosteniendo un cáliz, el cordero ya sea tumbado o de pie,
Nuestra Señora de Belén, en el Calvario al ser elevada al cielo, la Última
Cena, la Ascensión, la Santa Faz, San Martín dividiendo su capa, Santa Clara
llevando el copón, los símbolos de los evangelistas, etc.
Inscripciones
El pan elaborado por panaderos romanos llevaba el nombre del
fabricante o sus iniciales, y parece que esta práctica se extendió incluso al pan
eucarístico, pero en este asunto nuestra información es bastante vaga. Con
frecuencia leemos una inscripción de carácter simbólico o místico como la que
se encuentra en los moldes de hostia de Cartago. Éstos son algunos de los
ejemplos más comunes: “I H S” (Jesús); “I H S X P S” (es decir, Jesucristo);
“Hoc est corpus meum”; “Panis quem ego dabo caro mea est”; “Ego sum panis vivus
qui de coelo descendi”; “Si quis manducaverit ex hoc pane vivet in aeternum”;
“Ego sum via veritas et vita”; “Ego sum resurrectio et vita”; “Plectentes
coronam de spinis imposuerunt in capite ejus”; “Foderunt manus meas et pedes
meos; dinumeraverunt omnia ossa mea”; “Et clamans Jesus voce magna emisit
spiritum”; “Resurrectio Domini”; “In hoc signo vinces,Constantine”.
Pan con Levadura
Las hostias con levadura de los griegos son de un tamaño
grande, a veces redondas, triangulares o en forma de una cruz, pero más a
menudo cuadradas. En la parte inferior tienen una huella cuadrangular, dividida
en cuatro partes iguales por una cruz griega y con la inscripción IC XC NI KA
(Iesous Christos nikai), es decir, “Jesucristo es el vencedor”
El corban de los coptos es un pan blanco, redondo y con
levadura, plano por debajo, convexo en la parte superior y tan grande como la
palma de la mano. Está marcado con doce pequeños cuadrados cada uno con una
cruz en honor de los Doce Apóstoles. En el centro tiene un cuadrado más grande
(isbodion) marcado con una cruz grande dividida por cuatro pequeñas: es el
símbolo de Cristo. Esta parte central se utiliza para la Comunión del
celebrante; las otras partes (“perlas”) se distribuyen entre los fieles. La
inscripción dice: “Agios, Agios, Agios Kurios”, o bien “Kurios Sabaoth” o
“agios iskuros, Agios athanatos, Agios o Theos”. Los armenios cismáticos utilizan
una hostia sin levadura de alrededor del tamaño y el grosor de una moneda de
cinco francos o de un dólar y llevan el sello de un crucifijo que tiene a la
derecha un cáliz coronado por una gran hostia y a la izquierda una lanza o una
cruz. Los mingrelianos tienen una hostia pequeña y redonda que pesa poco más de
una onza con un sello cuadrado, cuya inscripción significa: “Jesucristo es el
vencedor”. La Confesión de Augsburgo mantiene el uso de pequeñas hostias
redondas que los calvinistas rechazaron con el pretexto de que no eran pan. En
Alemania, las iglesias evangélicas utilizan panes redondos de color blanco de
ocho centímetros de diámetro por nueve de espesor.
La antigüedad cristiana nos ha transmitido píxides o cajas
destinadas a mantener la Eucaristía, pero como éstas se considerarán en
relación con los vasos sagrados, no es necesario detenernos en ellas, sino
simplemente en las cajas en las que se guardan los panes de altar antes de su
consagración y que son en general muy simples. En la Edad Media y durante el
Renacimiento estas cajas eran muy ricas, llegando a ser de plata, marfil y
esmalte. Las cajas antiguas para hostias son muy raras, pero las que se usan
ahora son de hojalata o cartón, por lo general con algún recorte. Vea el
artículo cajas para panes de altar.
Hostias Milagrosas
La Eucaristía ha sido objeto de una gran cantidad de
milagros mencionados a menudos en la historia eclesiástica; sin embargo, no
todos han sido lo suficientemente bien autenticados como para colocarlos fuera
de toda duda. En algunos de los milagros la hostia aparece como transformada en
una nueva substancia; a veces se ha mantenido intacta durante un período
considerable; a veces ha fluido sangre de ella, etc.
En el siglo III San Cipriano menciona que un hombre se preparaba
a comulgar en pecado mortal; para este propósito él recibió la Eucaristía en
sus manos cuando al instante el pan se convirtió en cenizas. Sozomeno, un
historiador del siglo V, relata un milagro que se realizó en Constantinopla
donde un hereje había ocupado en convertir a su esposa. Simulando un cambio de
vida ella se acercó a la Sagrada Comunión, pero apenas intentó comer un pedazo
de pan, por el cual había sustituido la Eucaristía, cuando percibió que el tal
pedazo se había convertido en piedra.
Alrededor del siglo IX, cuando comenzaron a aparecer las
herejías anti-eucarísticas, los relatos de milagros se multiplicaron de tal
modo para convencer hasta al más obstinado. Juan el Diácono le atribuye el acto
más extraordinario a Gregorio el Grande, cuando relató que este Papa había
hecho salir sangre de un corporal con la punta de un cuchillo. En el siglo IX
San Pascasio Radberto, escribiendo sobre el Cuerpo y la Sangre del Salvador,
relata que un sacerdote llamado Plegilo contempló, en lugar de la Hostia, a
Jesucristo bajo la forma sensible de un niño, y lo apretó contra su corazón. A
su pedido, el Señor de nuevo se ocultó bajo la apariencia de vino. En Fecamp
una leyenda que data del siglo X relata que el sacerdote de una pequeña capilla
situada a unas tres millas de la abadía al momento de la Comunión no encontró
ni pan ni vino, sino el Cuerpo y Sangre de Cristo. Consternado, informó sobre
el hecho en la abadía, se confirmó el milagro, y el cáliz y la patena, junto
con las especies, fueron encerrados debajo del altar mayor de la iglesia.
De vez en cuando las hostias se han conservado por largo
tiempo. Se cuenta que San Norberto depositó en la iglesia de San Miguel en
Amberes hostias que habían permanecido intactas desde hacía quince años, a
pesar del hecho de que, por desacato, habían sido dejadas en lugares húmedos
por los partidarios del hereje Tanchelin. La fiesta llamada “Saint-Sacrement du
Miracle” fue celebrada solemnemente durante siglos en Douai, donde, desde el
martes de Pascua (14 de abril 1254) hasta la época de la Revolución, se llevaba
a cabo una procesión anual en conmemoración de la hostia en la que la gente
declaraba que habían visto claramente el Cuerpo del Señor. En 1792 la hostia
milagrosa desapareció; se creyó que había sido encontrada de nuevo en un legado
hecho por uno de los fieles, pero, por falta de certeza, no se le rindió ningún
honor después. La colegiata de Santa Gúdula en Bruselas conserva hostias
maravillosas que, después de la perpetración de muchos atentados por parte de los
judíos en 1370, fueron recogidas y, posteriormente a 1529, se convirtieron en
el motivo de una procesión anual que todavía se celebra.
Se dice que, en el siglo XIII, de una hostia salía sangre
milagrosa y que duró por mucho tiempo después sin la más mínima alteración.
Durante la Edad Media se informó de milagros de hostias sangrantes en muchos
lugares, y tanto el milagro como el sacrilegio que lo ocasionó se conmemoraban
a veces con procesiones o monumentos. En 1290 un judío de París cometió una
serie de atentados contra una hostia y fue condenado a muerte. Sobre su casa se
erigió una capilla expiatoria, y este santuario fue nombrado sucesivamente: “La
maison où Dieu fut bouilli”, “L’église du Sauveur bouillant”, “La chapelle du
miracle”, y finalmente “L’église des billettes”. En 1444 este episodio fue
dramatizado, y en 1533, en la Fiesta de Corpus Christi, se representó en Laval
“El Misterio de la Hostia Sagrada”. También podríamos mencionar la hostia
milagrosa que sangraba cuando era tocada por manos profanas y la cual fue
llevada a la Abadía de Herckenrode en el condado de Loos en 1317, donde fue
venerada hasta la época de la Revolución; y el milagro de Blanot que ocurrió en
1331 en la diócesis de Autun (en la actualidad la Diócesis de Dijon), cuando una
hostia dejó una impresión sangrienta en un paño.
En los tiempos antiguos muchas ciudades poseían una Hostia
milagrosa, pero la Revolución Francesa destruyó cierto número de ellas,
especialmente la de Dijon, donde cada año se celebra todavía una Misa de
expiación en la iglesia de San Miguel. En otros lugares las hostias milagrosas
han desaparecido, pero su antigua fiesta se conmemora todavía. En el siglo
XVII, la abadía benedictina de Faverney (Haute-Saône) fue el escenario de un
milagro notable. En la noche del 23 de mayo de 1608, mientras se realizaba la
Exposición del Santísimo Sacramento, un incendio consumió el sagrario, los
manteles y todo el altar, pero la custodia se mantuvo fija, al ser suspendida
en el aire sin ningún apoyo. Este prodigio se prolongó durante treinta y tres
horas, fue bien autenticado por miles de personas, y fue objeto de una
investigación, cuyos documentos se han conservado. La custodia contenía dos
hostias, de manera que el crucifijo podía ser visto desde ambos lados. Una de los
hostias se le dio a la ciudad de Dole, donde fue destruido en 1794, y la otra
se conserva en la iglesia parroquial de Faverney, donde se celebra el
aniversario anualmente el lunes después de Pentecostés.
Estos milagros han sido seleccionados de entre una multitud
de otros, y no hemos pretendido poner de relieve el más auténtico o el más
maravilloso. Por otra parte, el tema que acabamos de tratar es tan vasto que
sería fácil de compilar, a partir del material histórico, una obra de gran
interés teológico, tanto concluyente como detallada.
Bibliografía: La obra más completa sobre este tema, a pesar
de unas pocas lagunas y ocasionalmente crítica débil, es CORBLET, Histoire
dogmatique et archeologique du sacrement de l’Eucharistie (París, 1886); Vol.
II, 556-88 da una bibliografía muy exhaustiva, a la cual se puede añadir unas
cuantas obras recientes: DE SARACHAGA, Les collections d’histoire et d’art du
musee eucharistique de Paray-le-Monial (Lyon, 1866), contiene una bibliografía
de la Monographie sur les hosties de miracles; ROHAULT DE FLEURY, La messe,
etudes archeologiques, IV (París, 1887), 21-40.
Fuente: Leclercq, Henri. “Host.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. 19 Mar. 2012
Fuente: Enciclopedia Católica
POR: BORIS A. ZOTO CH
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